Posted on / by Marta Bonilla / in Sin categoría

Sara Andreu

Mi historia es la de una niña que con 5 años se preguntó:

“¿Mi cuerpo está bien?, ¿es bonito?”

Sara Andreu tiene 23 años y posee un trastorno de la conducta alimentaria. Su enfermedad es la anorexia. Sara quiso dar voz a su historia para romper el estigma social, las etiquetas y los tabúes que giran en torno a esta enfermedad mental.

Así empezó todo… Desde muy pequeña he tenido la duda de si mi cuerpo era normal, si estaba bien, si era bonito. Cuando ese pensamiento llegó, con él llegaron otros como:

“¿Esto engorda?, ¿yo me puedo permitir comer esto?, ¿mi cuerpo cambiará si como esto?, creo que necesito hacer deporte para que mi cuerpo sea más bonito y se parezca más al de las otras chicas.

¿Te imaginas a una niña de 5 o 6 años pensando todo esto cuando va al cole o cuando está haciendo los deberes?. ¿Qué crees que pensará esa niña cuando tenga 15 años y sea una adolescente?. Era una bomba de relojería.

Al llegar a esa edad todo explotó, empecé a contar calorías, a obsesionarme con las tablas nutricionales, empecé a probar qué pasaría si comía menos, si me quitaba el desayuno y añadía media hora más en el gimnasio. Obviamente empecé a perder peso y esa sensación me encantó y quise seguir restando comida y añadiendo tiempo de deporte, hasta llegar a tomar un té en todo el día y realizar 2 horas de deporte. ¿Resultado? 20 kg menos. Y, lo peor, me había enganchado a la sensación que sientes cuando pierdes peso.

Unos años más tarde me fui a la universidad, a vivir fuera de casa de mis padres y, sin nadie que me vigilase… ¿Qué crees que podría pasar?, lo que había controlado medianamente se iba a ir a pique. Y así fue. Dejé de salir a las comidas y cenas con amigos, o iba y no comía prácticamente nada y después de eso ayunaba durante días. Me enredé en el bucle otra vez.

Hasta que un día una persona se preocupó por mí, por lo mal que me estaba viendo y decidió ponerme los pies en la tierra. Yo fui sincera acerca de mi situación y me dio un golpe de realidad. Me hizo ver que, si no cambiaba mi situación urgentemente, me iba a quedar sola.

Esta persona, junto a profesionales especializados, me dijo que debía ingresar en un hospital de día, parar toda mi vida y dedicarme solo a tratar la enfermedad que me perseguía desde los 5 años. Este golpe fue durísimo. Fue duro aceptar la enfermedad que tenía, aceptar que no estaba capacitada para trabajar en ese momento, que necesitaba ayuda, que necesitaba que un grupo de profesionales cuidase de mi, me dijese lo que debía comer, cuánta cantidad y cómo hacerlo. Fue muy difícil.

Al principio del tratamiento pensé en dejarlo mil veces, que conmigo no iba a funcionar, que después de tantos años viviendo así nadie iba a poder cambiar mi forma de pensar.

Con el tiempo empecé a ver que mi problema no era la comida. La comida era el entretenimiento y el recurso que utilizaba para distraerme de otros temas y traumas que tenía (y que aún tengo). Esto es realmente la enfermedad. 

Un trastorno de la conducta alimentaria es una forma de tapar los problemas, traumas, emociones y/o inseguridades que no sabemos gestionar. Es una forma de distraernos y centrar nuestra atención en algo que no nos duela o no nos incomode. El día que entendí esto, la comida pasó a un segundo plano, empecé a enfrentarme a mis miedos, a poner sobre la mesa mis traumas, a aceptar que los tenía y que debía solucionarlos. Ahora sigo ahí, afrontando y enfrentando todo esto.

Un trastorno de la conducta alimentaria no se elige, no es (en el fondo) una obsesión con el cuerpo perfecto o la comida. Es una enfermedad mental y necesitamos que se trate como lo que es, que se le ponga voz, que se quiten las etiquetas y el estigma social que la rodea y que hablemos de ella sin tabúes.

Tú también puedes ayudarnos a conseguirlo.