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Paz Esteve

Aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento. Sufrimos porque no aceptamos lo que nos va ocurriendo a lo largo de la vida, y porque nuestro ego nos hace creer que podemos cambiar la realidad externa. Pero lo cierto es que hay hechos que acontecen y nos golpean por cuestiones del azar. Irrumpen en nuestras vidas sin permiso, sin previo aviso. Entonces nos preguntamos, ¿qué hemos hecho para merecer esto? Desconcierto, impotencia, rabia, culpabilidad. Son los sentimientos que tienden a aflorar en nosotros cuando nos enfrentamos a una situación que no esperábamos. Con cierta atención – pasajera – vemos que le suceden a terceras personas, personas anónimas, lejanas a nosotros, pero y, ¿cuándo te toca a ti? No queremos o no sabemos aceptarlo. 

Con todo, si algo tiene la vida, y así nos enseña en su transcurso, es que esta no entiende de diferenciaciones ni excepciones. Porque no hay más ciego que el que no quiera ver que todos somos iguales, vulnerables ante ella.  Y esto no podemos cambiarlo, porque el mundo no es nuestro, pero sí la actitud que adoptemos frente a él. En relación a nuestras propias heridas, podemos girar la cara y negarnos a sanarlas, víctimas del dolor, quizá del miedo, o por el contrario, podemos optar por plantarle cara al sufrimiento y decirle: ‘me hiciste daño, pero no pudiste conmigo’. 

La historia que traemos hoy va precisamente de esto, de una persona por la que no se puede sentir más que admiración tras conocerla. La vida le hizo tocar fondo, y aun tras cada palo recibido, cada cuál más fuerte al anterior, escogió ser valiente, aferrándose a las fuerzas que todavía restaban en ella para levantarse y afrontar las circunstancias a pesar del miedo. Pero no estaba sola, ahí estaba él. Su maestro, su ángel de la guarda, su hijo Tomás. 

Trece años después todavía le sigue dando las gracias. Porque, aunque durante largo tiempo pensó que debía ser ella quien le ayudase a sanarle a él – debido a su enfermedad – fue Tomás quien, con la inocencia y la generosidad de un niño, le ayudó a entender que todo aquello a lo que nos enfrentamos es lo que nos hace renacer. “Estaba equivocada porque era él, mi hijo, quién me estaba ayudando a sanarme mí. Tenerle es lo mejor que me ha pasado. Sin lugar a dudas, volvería a elegirle como hijo”. 

No cabe duda que Tomás es especial, el único capaz de hacer que a su madre se le ilumine la mirada cada vez que habla de él, pues solo ellos saben lo arduo que ha sido el camino que han tenido que recorrer. Solos, sin un padre que les acompañe, después de que este abandonara a madre e hijo a su suerte. Solos, en una lucha que se vieron obligados a librar después de que una lesión en el cerebro mermara la capacidad de un niño indefenso. Un alma inocente con tan solo un mes de vida.

“La noticia invadió cada célula de mi cuerpo: Tom había resistido el ataque masivo de un virus, pero su cerebro estaría dañado de por vida. Me derrumbé. Me sentía sola, mejor dicho, abandonada. Volví a la habitación infantil que había decorado con tanta ilusión en casa, mientras Tom seguía en el hospital, en cuidados intensivos”. 

Se pueden emplear toda clase de calificativos para hablar sobre Paz. Madre coraje, quizá sería el más certero. No obstante, ella declara con la humildad que tanto le caracteriza, que tan solo hizo lo que cualquier madre del mundo haría: dejarlo todo para centrarse en la rehabilitación de su hijo. Renunciar a su empleo hizo mella. La falta de ingresos en consonancia a los elevados costes que debía afrontar para que Tomás pudiera recibir los mejores tratamientos, hizo que una nueva preocupación ahondara en su vida: su situación económica peligraba. Sin embargo, cuando parecía que había tocado fondo, y que ya no encontraba sentido a su vida, a querer seguir viviéndola, ahí estaba él, su ángel de la guarda. “Mirar a los ojos a mi hijo fue de las mayores bendiciones que recibí: sentir tanto amor en su mirada, hizo que mi corazón se llenara de perdón y compasión”. 

Fue en aquel preciso momento cuando tomó conciencia de que su vida no acababa sino que empezaba de alguna manera.  Y comenzó cuando decidió que ya había dolido suficiente, porque quizá todo podía ser al revés. 

¿Y si mi hijo había venido para salvarme a mí? Lejos de parecer una lotería universal en la que te ha tocado vivir un siniestro destino, resultaba que era mi mayor bendición. Empecé a ser agradecida todos los días, empecé a perdonarme a mi misma, a perdonar lo que no entendí de los demás, de la actitud de la gente, de los pensamientos, de aquello que no era capaz de razonar para llegar a entender. Y, sin embargo, encontré el amor incondicional, el amor verdadero, la generosidad. Todo puede cambiar si tú quieres”. 

No es tarea fácil ponerse en la piel, ni tan siquiera escribir sobre alguien que vio cómo todos los pilares que conformaban su vida iban paulatinamente derrumbándose ante ella. Con todo, sí podemos y deseamos hablar sobre la Paz de hoy, la gran mujer que hemos tenido el placer de conocer. 

En la vida nos encontramos con personas que brillan con luz propia. Y Paz es una de ellas. Pero como bien explica ‘brillar con luz propia no significa ser arrogante hacia los demás sino ser fuente de inspiración para que los demás puedan brillar por sí mismos’. Paz es inspiración. De ella aprendimos que la vida puede ser tan maravillosa como nosotros queramos verla.

De su historia descubrimos que los grandes desafíos a los que nos enfrentamos vaticinan nuestro aprendizaje. Suponen un punto de inflexión en el momento preciso para transformar nuestra percepción de la realidad, lo que implica ser valientes, y afrontar las circunstancias a pesar del miedo. Paz decidió ser precisamente esto, valiente, héroe de su propia existencia, hacia la cual hoy solo siente gratitud. 

A través de su ejemplo entendimos que todo en la vida es perdonable, sí tú quieres. Paz y su hijo perdonaron al padre de Tomás a pesar del sufrimiento. Y no conformes con ello, le dieron las gracias por medio de una carta que, aunque jamás llegaron a enviar, fue uno de los actos de mayor admiración que hemos conocido. La carta que Paz escribió de su puño y letra al papá de Tomás está repleta de mensajes tan emotivos como el siguiente:

Mi propósito de vida contigo es muy extenso. Te elegí porque sabía que supondrías un avance en la vida de mamá y mía. Sabía que tenías ilusión por tener un hijo varón y aparecí yo. (…) Te elegí y fue duro sentir que ya no estabas en casa, pero gracias a ti descubrí que muchas personas cuidan de mí: mis abuelos, mis tíos, mis padrinos y miles de personas que nos ayudaron en nuestro camino. (…) Te perdonamos mamá y yo, porque aprendimos a reconocer que no fue un error, todo fue perfecto tal cual ocurrió. Allá donde estés, recuerda que todo el daño fue borrado, porque ya te hemos perdonado”. 

Hoy Paz y su hijo viven en Paterna, su lugar de residencia desde que comenzaron juntos una nueva vida. Una vida con las miras puestas en nuevos retos como compartir su historia, extender su legado en pro de los demás. Con respecto al pasado, solo echan la vista atrás para darle las gracias. Gracias de corazón porque, aunque un día un gran desafío hizo temblar su mundo fue porque tras él llegaría su mayor bendición. Tomás, su hijo. Su pequeño maestro. Por siempre, su ángel de la guarda. 

Al término de esta historia querríamos concluir con una frase que rescatamos del libro de Paz: ‘Del desafío a la Bendición’. “Nadie está preparado para hacer frente a un gran desafío pero sí para reconocer las bendiciones que hay detrás de él”.

De principio a fin, cada página de su relato está cargada de coraje, sinceridad, esperanza pero sobre todo, de verdades como esta: 

Cuando las palabras salen del corazón, reciben un magnetismo especial, y yo apuesto porque la palabra ‘gracias’ sea una actitud constante en tu día a día, porque cuanto más la dices, más la encuentras, y más te la devuelven.”

Gracias a ti, Paz, por hacernos valorar a través de tu historia,  por contagiarnos con tu insaciable optimismo, y por seguir regalando bendiciones por doquier. Gracias.

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