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Kubuka

A un verano en Kenia

Aquel verano, tan lejano y a la vez tan próximo, Lydia Miralles emprendió un viaje donde el destino, Kenia, dejó de ser lugar para acabar siendo una nueva forma de entender la vida. Donde el día a día sirvió para ajustar la imaginación a la realidad, y ver las cosas como son en vez de pensar cómo serán. Desmentir los mitos del voluntariado; romper con las expectativas; aprender a actuar desde la empatía; y a ser más con menos. Simplemente ‘ser’. Ser uno mismo lejos de las comodidades que nos brinda la vida occidental, y de aquellos artificios que a veces nos impiden mostrarnos tal y como somos: personas.

“Abre tus ojos”. Así da comienzo el estribillo de ‘Madre Tierra’, la canción más coreada y bailada durante aquel verano en Kenia. Tres años antes, en el mismo escenario, un grupo de españoles ya había abierto bien los ojos para visualizar un proyecto por aquel entonces ficticio, inexistente, pero con una clara razón de ser: hacer que cientos de niños pudiesen continuar con el siguiente verso de la canción: “disfrutar de las cosas buenas que tiene la vida”. Y fue de este modo como nació KUBUKA, otorgándole sentido a su propio significado.

Kubuka: “despertar, dar un paso adelante, empezar a vivir”.

Comenzar a vivir una vida donde el acceso a la educación no sea un anhelo sino una realidad, y donde la risa, el juego, la música sea el motivo por el que levantarse y acostarse cada día.

“KUBUKA no trata de hacer algo por alguien sino con alguien. Lo que pretende como ONG es ayudarles a dar ese empujón, de ahí su nombre: KUBUKA -que significa despertar- pero el objetivo final es que la ONG no tenga que continuar. Es decir, no crear una comunidad dependiente de un organismo externo sino que, en un futuro, KUBUKA haya cumplido con su función y deje de existir. Esa es la vertiente de cooperación que defienden, y que a mí fue lo que más me atrajo”.

Crear un modelo que consiga la auto sostenibilidad, apoyándose en proyectos que nazcan y perduren gracias al esfuerzo y el empoderamiento de la comunidad es la misión que KUBUKA lleva persiguiendo desde su fundación en 2013.  A día de hoy cuenta con 15 proyectos en activo entre Kenia y Zambia, todos ellos llevados por gente local: tres de inclusión social, cinco de emprendimiento y siete de carácter educativo. Tres vertientes en la que se focalizan todos los esfuerzos. Una tarea nada fácil, especialmente cuando el choque cultural constituye la primera traba de un camino de por sí pedregoso.

“Para poder ayudar y generar un impacto, primero debes conocer muy bien la cultura, su gente, la manera de funcionar, incluso el ritmo de las cosas. Todo marcha más despacio dado que no existe el concepto de futuro. Viven el hoy, sin preocuparles el mañana. Eso hace que sea muy difícil plantearles acciones a medio- largo plazo. Hasta que ellos las interiorizan puede pasar años. ¿Por qué tanto tiempo? porque primero tienes que entender su forma de pensar. Para que esto termine ocurriendo, has que convivir con ellos, actuar desde su punto de vista, no desde fuera porque sino todo lo que hagas va a resultar en vano. Nosotros tenemos que ser un poco africanos y ellos, por su parte, empaparse de la cultura europea para encontrar ese punto en común. Es entonces cuando debemos dar con las herramientas que consigan adaptar los proyectos y que sean ellos quienes los entiendan y los acojan. Ese es el objetivo: actuar desde la empatía”.

Construir lazos de unión en lo que a priori supone un choque entre culturas requiere un coste de oportunidad: desprenderse de lo que en Kenia es considerado un lujo, en Europa gran parte de nuestra irrenunciable rutina. Un gesto que no solo lleva a integrarse más rápidamente en su estilo de vida, sino que ayuda a valorar lo que se tiene, cuando se deja de tener.

Perder la necesidad de estar conectado a Internet y todo lo que ello implica; aprender a conformarse con un plato de arroz cuando la comida escaseaba; aprender a racionalizar el agua cuando los suministros rozaban el punto mínimo, y la única ducha debía ser compartida por dieciséis personas. Aprender, ni qué decir, a prescindir de la necesidad de verse favorecido, comenzando por el mero hecho de que los espejos “no existen” en Kenia.

“Tiene sentido porque si la gente no tiene la necesidad de mirarse, no necesita del objeto. Podrías pensar por qué la ONG no se planteó poner un espejo en la casa, pero verdaderamente qué te cuesta a ti no tenerlo. Es decir, la misma pregunta pero planteada al revés. Nosotros vemos un problema donde ellos no los ven. No poseen esa o aquella necesidad que sí tenemos en el mundo occidental. Todo ello lo acabas aprendiendo gracias a la convivencia”.

Durante aquel mes de verano Lydia vivió en Lisha Children’s Home, una casa de acogida situada en la región rural de Tala y que constituye un hogar para niños y niñas en situación de orfandad y vulnerabilidad. Además de tratar de mejorar las necesidades básicas como son la educación, la sanidad y la atención psicosocial, la ONG les brinda aquello que jamás debe faltarle a un niño: amor y cariño, elementos imprescindibles para devolverles lo que un día les arrebató la vida: el sentido de pertenencia a un hogar.

“El vínculo que se crea es muy bonito. De manera innata les quieres, y desarrollas sentimientos por ellos. Sentimientos puros. Es puro porque a ti te desnudan, por así decirlo. Al dejar de tener tus pertenencias, tus comodidades del día a día, te muestras como persona. Se encuentran con una Lydia muy pura, que incluso mi círculo de familiares y amigos desconocen porque jamás me han visto bajo estas circunstancias. Conoces a la gente por dentro, de una forma muy distinta a cómo sería en España. De la misma manera que descubres a esa persona sin toda esa floritura externa, también te conoces a ti mismo, lejos de todo plan de ocio o bienes materiales. Cuando todo eso desaparece es como que te encuentras contigo mismo. Y esa sensación suele coincidir con la de toda aquella persona que se va a vivir una experiencia paralela. El voluntariado de verano está pensado para esto. Hablas de voluntariado pero verdaderamente no sabes lo que es. Desde la humildad piensas que vas a ir a cambiar algo, pero es imposible, no da tiempo. El voluntariado de verano está pensado para hacerte reflexionar y  valorar tu vida.

“Abre los ojos”. Paradójicamente, ‘Madre tierra’ fue mucho más que la canción de un verano en Kenia. Lydia junto con los otros quince jóvenes españoles enseñaron a los niños y niñas a enlazar palabra por palabra los versos de una canción de la que creían conocer la letra, y su melodía. Sin embargo, fueron ellos, los niños, quienes desde la humildad de quien no quiere ser ejemplo de nada y se convierte en ejemplo de todo, les enseñaron el sentido de una canción, que al margen de su pegadiza melodía y un ritmo que incita a bailar a cualquiera, esconde una lección que sabemos, pero en ocasiones olvidamos: ser y estar siempre agradecido con todo lo bueno que nos brinda la vida.

A un siempre presente verano en Kenia,

“Donde fuimos a enseñar y acabamos aprendiendo”.