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Kinan Kadoni

La historia de Kinan Kadoni es de las que se cuentan tragando saliva. La clase de historias que no son fáciles de escribir por la responsabilidad que implica, y por lo arduo que es ponerse en la piel de quien se vio obligado a marchase de su hogar con lo puesto, con la certeza de quien sabe que no va a regresar, para verse inmerso en un viaje que comprendió años hacia un destino tan incierto como su propia existencia.

A la hora de contarla podemos empezar por ese lado positivo que él siempre transmite con esa sonrisa y energía que tanto le define: “he vuelto a disfrutar de la vida”. La misma que con 21 años le puso contra la espada y la pared. Ocho años después mira atrás a ese día. El día en el que se escribió el destino de toda una vida.

Si no hubiese tomado la decisión de dejar mi país habría sido obligado a unirme al ejército inminentemente. Tres meses después, en marzo de 2011, estalló la guerra en Siria. Tengo amigos que estuvieron en el servicio militar, y cuando la revolución empezó fueron ordenados a punta de pistola a matar a personas civiles. Quienes se negaron a disparar fueron asesinados. Es el caso de mi mejor amigo, le mataron por negarse. Cuando pienso en ello, y me imagino en esa tesitura: tener que decidir entre matar a mi propia gente o salvar mi vida, no sabría que opción escoger”.

Habla con una serenidad envidiable, y un inglés perfecto a expensas de que no era capaz de articular una sola palabra el mismo día en el que se vio cruzando por primera y última vez la frontera con Turquía. Sabía que había escapado de una guerra, aún sin ser plenamente consciente de la batalla personal que debía librar durante los próximos años. Dos años y medio, exactamente, en un centro de refugiados de Bélgica entre 220 personas cuyo único nexo en común era la incertidumbre de no saber qué sería de sus vidas. Una experiencia que describe como vivir en el limbo.

“No estaba seguro de si me concederían el permiso de residencia o si me deportarían en algún momento. En el caso de que me lo dieran, no tenía ninguna garantía de una vida estable y segura. Conocí a gente que le denegaron el permiso, y vi con mis propios ojos cómo la policía les arrestaba para mandarles de vuelta a su país. En mi caso, solo sabía que si me deportaban, me matarían en el momento que pusiera un pie en Siria”.

Resulta irónico, huyó de la muerte pero no pudo librarse de ella. Durante treinta meses la sintió siempre presente, tan distante a la par que tan cerca, de una manera tan irracional como persistente. Con todo, declara que jamás le atemorizó, como tampoco le tembló el pulso cuando el grupo de traficantes que le trajo en un bote hasta Europa le amenazó con dejarle en aguas abiertas si no les entregaba todo el dinero que llevaba consigo. Su mayor temor cuando mira atrás a aquellos años: que el silencio al otro lado del teléfono no se debiera a un corte en la línea, dejándole incomunicado con su hogar durante horas, en ocasiones, días, sino por una razón de solución irreparable. Su único miedo era no volver a ver ni tan siquiera escuchar la voz de su familia. Saraqib, su ciudad natal, no se libró de la guerra. Tampoco de los bombardeos.

“Mi padre quería huir pero mi madre estaba en contra de dejar el país. “Yo he nacido aquí, moriré aquí”, se aferró a esa idea y no hubo manera de convencerle. Incluso mi hermano pequeño, también él se negaba. Recuerdo una pequeña historia sobre él. Un día estaban bombardeando Saraqib, mi hermano pequeño jugaba en frente de mi casa y vio como mi tío y su familia corrían hacia el coche. Les detuvo para preguntarles a dónde iban. Mi tío le respondió que se marchaban de la ciudad. Entonces mi hermano le contestó: “Lo siento tío pero no eres un hombre. Si fueras un hombre regresarías a tu casa y morirías allí, y no como un niño tratando de huir”. Estas son las palabras de un chico de ocho años de edad.

La guerra hace estragos en quienes la sufren. Son las cicatrices invisibles, las secuelas del horror que persiguen a todos los que la vivieron in situ. Es el caso de la familia de Kinan. Por suerte, ellos todavía viven para poder contarla. Más de medio millón de personas no pudieron.

Kinan se reencontró con sus padres y sus tres hermanos en Alemania durante las Navidades de 2018. Siete años habían transcurrido desde la última vez que le vislumbraron cruzar el umbral de la puerta de casa. Tuvo ocasión de encontrarse con ellos años antes, verles durante unos instantes desde el otro lado de la alambrada que separa Siria y Turquía. Días antes de coger el vuelo que le llevaría hasta su familia, un miembro de Cruz Roja contactó vía Facebook con Kinan.  Fue en septiembre de 2015, se había desatado la crisis humanitaria de Lesbos. A la escasez de financiación, recursos y provisiones, se sumó la falta de personal, especialmente, traductores. Personas como Kinan, que pudieran ejercer de intermediaros con médicos, voluntarios y autoridades policiales, no se encontraban todos los días.

“Fue una decisión difícil. La idea que siempre había tenido en mente una vez pudiera salir del país era viajar a Turquía y ver a mis padres y hermanos. Pero en vez de ello cogí un avión a Grecia como voluntario. Después de aquellos dos años y medio en el centro de refugiados, aprendí muchísimo, y sé lo difícil que es para alguien enfrentarse solo a esta nueva realidad, especialmente al principio. Así que decidí implementar mi experiencia en ayudar a otros, ayudar a los nuevos que llegaban”.

En el verano de 2015 una ola de refugiados sirios llegó a las costas de la isla de Lesbos. Los campos de Kara Tape y Moria se convirtieron en refugio temporal de más de 3.000 personas. Hasta 8.000 llegaron a albergar. Kinan fue testigo con sus propios ojos del caos. Relata que no todos los que llegaron a Europa fueron capaces de adaptarse al cambio, a la nueva realidad. “Desembarcaban en las playas eufóricos, celebrando el hecho de llegar a Europa, y tocar tierra. Yo sonreía, me alegraba de verles felices, pero en mi interior no podía evitar sentirme triste por ellos. Este solo era el comienzo”.

La imaginación no basta para figurarse lo ardua que es la coyuntura a la que debieron hacer frente miles de familias sirias. Tal es así que las listas de los que solicitaban regresar a Siria se volvieron cada vez más largas. Una cuarta parte de quienes llegaron a Europa han preferido morir en un bombardeo que hacerlo lentamente en los centros de refugiados, donde cada día la inestabilidad aumentaba en detrimento de la disminución de las ayudas.

“Se ha masificado el número de refugiados, cruzar las fronteras se ha vuelto todavía más complicado y el rechazo ha crecido en ciertos países. Hace años era más fácil no solo llegar, sino la vida en Europa”. Son las palabras de un hombre que ha vivido su testimonio en su propia piel. Ocho años después la imagen de aquel joven de 21 años que llegó a Europa solo, invisible en la sombra, insignificante para los ojos de quien no quiere ver, ha dado la vuelta al mundo entero. Kinan Kadoni ha sido portada de miles de ejemplares de la revista de UNICEF. La visibilidad es importante. La concienciación y la integración, trascendental.

Con el fin de allanar el camino a quienes deciden comenzar una nueva vida en Europa, Kinan Kadoni ha sacado adelante su propio proyecto dirigido a facilitar la inclusión de migrantes y refugiados. Una iniciativa fruto de los encuentros mantenidos con el gobierno de Islandia. Te muestra fotos en la casa presidencial, y para tu sorpresa, le preguntas cómo consiguió reunirse con el presidente. Sonríe, y de la forma más humilde responde: “es un país pequeño, no es tan complicado como parece”.

La isla homónima localizada en el extremo noroeste de Europa es desde hace años su nueva casa. En esta ocasión no fue la barbarie de una guerra la que le puso en la tesitura de tener que escoger. A una historia como la suya, una historia de las que erizan la piel con cada párrafo, no le podía faltar el final que merece. Una historia que él mismo adelanta que plasmará en un libro: 127A, en alusión al número de habitación en la que le tocó vivir días y noches durante dos años y medio en el centro de refugiados. A esta historia no le podía faltar ese elemento que nos une como personas. Un sentimiento que no entiende de etnias, religiones ni fronteras. Fue el amor, el que un día conoció en Lesbos, el que llevó a escribir el nuevo capítulo de una vida. Una vida que ocho años después ha vuelto a disfrutar.

La historia de Kikan Kadoni no es una historia triste, sino de esperanza. Una historia que ejemplifica que no solo somos producto de nuestras circunstancias sino también de nuestras decisiones. Es una historia que retrata que el prototipo de héroe fuerte y valiente que el cine, los cuentos o las series nos venden durante nuestra infancia, sí existe. No llevan capa, ni  tampoco necesitan del antecedente “súper” para realizar hazañas extraordinarias. Poseen una cualidad mucho más valiosa: la certeza y la convicción de que las pequeñas acciones también mueven el mundo. Personas solidarias les llaman. Personas de carne y hueso. Personas como Kinan Kadoni.