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Infancia arrebatada

Dicen que somos circunstancias que nunca elegimos ser. No escogemos el momento ni el lugar en el que nacemos como tampoco el entramado de factores que determinarán nuestro camino. Tras cada paso, encontramos que la vida se vuelve compleja. De hecho, seguro que en alguna ocasión te has quedado observado a un niño y has pensado: “Qué felices son con tan poco. Qué fácil era ser pequeño.” 

Posiblemente tú también fuiste un ‘pequeño’ afortunado, en su mayor o menor medida. Aunque no lo sabías. Lo teníamos todo, pero sobre todo poseíamos lo más valioso. Unas personas que daban todo de sí porque a nosotros, no nos faltase de nada. Tus padres, tus abuelos, o quizá eran tus tíos. No importa, puesto que, independientemente del rol o etiqueta que sustentasen, ahí estaban. ¿Te imaginas una infancia sin su presencia? La respuesta es clara. La vida no habría sido nada fácil.

Precisamente esto les sucedió a los dos protagonistas de hoy. 6.688 kilómetros les separan de esas personas imprescindibles. Esta lotería universal que es la vida, les condujo a la edad de 9 y 13 años, respectivamente, a alejarse de su familia. Resulta arduo imaginarse por un momento cómo sería esa despedida, ese adiós, ese último abrazo. La angustia de los días posteriores marcados por la ausencia de dos hermanos, que tuvieron que salir del nido de manera prematura, en contra de su propia voluntad.

Nadie nos prepara para traer un hijo a este mundo, y menos aún para despedirse de él. En el caso de esta familia fue por partida doble. Dos niños a los que ver cruzar el umbral de la puerta de casa con la incertidumbre de si algún día regresarían a su hogar.  En su caso, no hubo elección. Puesto que, tarde o temprano, a la fuerza y sin compasión alguna, vendrían a arrebatárselos. 

Ajenos a nuestra realidad, lejos de nuestra ´circunstancia’, los Talibanes llevan tiempo reclutando niños. A la edad de estos dos pequeños, nosotros nos rodeamos de juguetes; en Afganistán, se les hace entrega de armas. ‘Niños soldados’ les llaman.

No es fácil contar la historia de los protagonistas de hoy. No les podemos poner rostro ni tan siquiera nombre. Además de menores, su historia requiere de especial delicadeza y respeto. Es la única petición que nos realizó Anne, su mentora. Desde aquel día, el mismo que supuso un nuevo comienzo en la vida de estos dos afganos, esta mujer conoce todo sobre ellos. 

Actualmente residen en Suiza. Durante los primeros meses, un centro de refugiados les dio cobijo y sustento. Pero no era suficiente. Con tan solo 9 y 13 años de vida, estos pequeños necesitaban un hogar donde recibir atención y cariño, elementos imprescindibles para devolverles lo que un día les arrebató la vida: el sentido de pertenencia a una familia. Fue entonces cuando apareció ella. 

“Yo no busqué ser su mentora, me lo pidieron ellos. No pude decir no”. Tres años han pasado desde aquel fin de semana en el que Anne decidió ir de voluntaria. “En el centro buscan a gente que ayude. Conecté mucho con estos niños y me di cuenta de que mi hijo podría estar en esta misma situación .

Aunque nos cueste creer son unos ‘afortunados’. A diferencia de los otros niños del centro, un nuevo hogar les abrió la puerta a estos hermanos hacia un nuevo horizonte. Lejos del rugir de la pólvora, del ruido ensordecedor de las bombas. También de la soledad de los centros de refugiados. 

Lo mas difícil para mi ha sido encontrar el equilibrio. Sus amigos son refugiados que aún viven en la misma casa y no pueden ir al colegio. No puedo darles todo lo que le daría a mis hijos porque no quiero que esto dificulte su relación con los otros niños. Me encanta comprarles todo lo que necesiten pero a veces es difícil porque sus amigos no tienen acceso a nada de esto”.

Todos ellos provienen del mismo país. Todos y cada uno de ellos fueron enviados por sus padres a Europa para evitar caer en manos del régimen Talibán. Lo único que les diferencia a estos dos hermanos del resto de sus compañeros, fue una salida a patinar. Así, como suena. No fueron los predilectos, ni los finalistas de un proceso de selección, sino que, una vez más, las reglas impredecibles e inexplicables del azar hicieron juego, y escogieron que fueran ellos, y no los otros, quienes pasaran aquella tarde de invierno junto a la misma mujer que les acompañaría el resto de los días… Meses. Y hasta hoy, cuatro años. 

 Desde entonces hemos conseguido que el pequeño pueda ir al colegio. El mayor está aprendiendo en una empresa que arregla bicicletas. Quiero que tengan una profesión y que puedan valerse por si mismos. No tienen pasaporte, pero me gustaría que pudieran viajar. Estos niños tienen que volver a su casa algún día con formación y perspectiva del mundo. Solo así Afganistán puede evolucionar”. 

Esta mujer les ha otorgado un futuro a quienes no pueden regresar al pasado. A su anterior vida. La misma que, por ‘circunstancias que nunca elegimos’, les llevó a crecer con 9 y 13 años lejos de su casa. A 6.688 kilómetros de su familia.