Posted on / by Marta Bonilla / in Sin categoría

Alberto Arcos

«Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno». Una frase que no es nuestra, sino que dijo Albert Einstein, y que hoy queda reflejada en los gestos afables y altruistas de miles de personas. Personas que desde la humildad de quien no pretende ser ejemplo de nada han devuelto el sentido que se creía olvidado a la palabra: humanidad.

Se les describe como héroes anónimos. Pero no llevan capa, ni tampoco necesitan del antecedente “súper” para realizar hazañas extraordinarias. Poseen una cualidad mucho más valiosa: la certeza y la convicción de que las pequeñas acciones también mueven el mundo. Personas de carne y hueso. Personas como Alberto Arcos.

Alberto Arcos trabaja estos días en en Pabellón 9 de IFEMA ante la crisis del COVID-19

Alberto es sanitario, pero desde hace unas semanas también es mensajero. No de profesión porque la labor que realiza no llena bolsillos pero sí corazones. En la hora libre que tiene tras una larga noche de guardia, se dedica a conectar a pacientes que han ingresado en el pabellón de IFEMA con sus seres queridos, especialmente a los más mayores que carecen de móviles.

Un texto, una fotografía, un vídeo, un tan deseado mensaje de “estamos bien, pero con muchas ganar de verte” que reciben a través de Alberto. Mensajes que les dan el aliento más importante que necesitan.

Saber que no están solos, que desde la distancia hay una hija que se acuerda cada día y en cada instante de ti, que está deseosa de que vuelvas a casa y estar presente en el nacimiento de tu nieta, que también te espera.

A ti, maestro del colegio Bristol, tus alumnos han hecho trabajo de equipo y entre todos han creado un vídeo donde te mandan ánimos para que te recuperes y vuelvas pronto a las aulas.

De ti, tampoco se olvidan. Tu hijo, tu nuera y tu nieto te mandan fotografías para que veas que están todos bien, con ganas de recibirte en casa, y cuando la situación lo permita, darte todos los abrazos y besos que no han podido entregarte estos días.

A ti, que recibes entre un poco de desconcierto pero con una gran dosis de alegría, las noticias de tu “niña” le preguntas a Alberto “¿cómo es que conoces a mi hija?”. El hombre no termina de entender que Twitter les ha conectado, pero él para ponértelo fácil y hacértelo más compresible, lo maquilla un poco y te dice que sí, que algo la conoce, y que quiere que sepas que te echa de menos.

Y  así hasta 15 personas, que no se trata de números que ocupan una fría cama, sino personas de nombres y apellidos, y con una historia detrás, que Alberto nos cuenta. En su hora libre, cambia su tiempo de descanso por estas visitas que ya se han convertido en rutina.

El ‘gracias’ tan sincero que recibe en cada entrega, es el incentivo que lleva a Alberto a compaginar su labor de sanitario con el de mensajero. << Pero es que a estos pacientes les da la vida y a mi me llena la mía >>. Te cuenta al otro lado del teléfono y acompañado de algún: “perdón, no puedo evitar emocionarme”.

Emoción es la que despierta en estás personas. Fruto de la soledad, de la incertidumbre y el desconcierto habían perdido las ganas de gesticular palabra, hoy han vuelto acompañadas de anécdotas que comparten con Alberto. Tengo ganas de saber qué me deparará este fin de semana con el profesor, o con la mujer que está a punto de ser abuela, nos cuenta antes de despedirse de nosotros. Ya es de noche y tiene que volver a su guardia nocturna.

Esta es la historia de Alberto, que con la humildad que le caracteriza, declara “no sentirse esencial”. Pero lo es para la vida de quince personas, muchas de ellas abuelitos que vinieron en medio de una guerra civil y hoy batallan contra una pandemia. Pero no lo hacen solos, sino acompañados de los mensajes que cada mañana Alberto les trae, y que por unos instantes, les hacen olvidar donde se encuentran y les transportan a sus hogares, donde sus familiares les aguardan, con la férrea esperanza de que algún día volverán.